Desnudando a Evans

Se ha hablado muchas veces sobre el estilo en carrera de Cadel Evans; de hecho, he citado ya en más de una ocasión en este blog sus semejanzas con auténticas estrellas del pasado como Stephen Roche o Greg LeMond. Se da el caso de que el último de ellos es uno de mis ídolos históricos por experiencia posterior (apenas llevo unos pocos años de lleno en este deporte). Como pienso que la carrera de Evans merece un respecto, quiero citar a su homólogo norteamericano como espejo en el cual se mira. Si se fijan en sus éxitos, probablemente no pensarían en un “chuparruedas”, sino en un verdadero campeón. Y es que ya se sabe que hay corredores que dejan marca y corredores que marcan toda su época. No resulta fácil discernir si Greg LeMond (Lakewood, California, 1961) perteneció a cualquiera de esos dos grupos, si es que no fue parte de ambos. En un mundo cerrado y marcado en el deporte americano, imbuido en sus cuatro “exclusivas” ligas nacionales, el ciclismo dejó huella por primera vez entre el gran público norteamericano con las hazañas del que es el primer gran corredor de aquel país, fielmente secundado, desde hace ya algunos años, por una espléndida generación de corredores, entre quienes ha sobresalido el otro ”americano en París”, el controvertido, aunque genial, Lance Armstrong.
En realidad, la carrera de LeMond, para la mayoría de americanos, tuvo tres semanas: las tres semanas que duraba la Grande Boucle; siendo más exactos, los veintitrés días en los que minó la moral, y luego sus prestaciones en la carretera, de su mayor rival FUERA de su propio equipo (explicaremos esto más adelante). Evidentemente, hizo mucho más que ganar tres Tours; todo comenzó allá por 1981, cuando el bisoño Greg ingresó en el Renault – Elf francés, con su estrambótico maillot (al más puro estilo de aquellos Renault turbo amarillos de Fórmula 1, pilotados por Jabouille y Arnoux), tras haber llevado a cabo una trayectoria espectacular en amateurs, con “arcoiris” incluido en el Mundial júnior de 1979. No era capaz de competir en protagonismo con aquellos bólidos en su temporada de neo, pero su motor no tardó mucho en “explotar” (en el buen sentido). Su gran fondo, elegancia y combatividad quedaron fielmente reflejadas en su segunda temporada en el profesionalismo. Aún con 21 años, se permitió el lujo de dar una gran exhibición en pleno mes de Agosto, en el que evidenció una estratosférica condición física: se paseó en el Tour del Porvenir, con victoria general y tres etapas en una prueba en la que nadie pudo hacerle sombra, lo que llevó, dado el bajísimo nivel de la selección americana, a entrar sin problemas, por primera vez, en la escuadra de las “barras y estrellas” que tomó la salida en el Mundial de Goodwood, en Inglaterra. Una carrera que pasaría a ser “santo y seña” para el californiano, puesto que ese mismo año logró la ¡medalla de plata! tras un inconmensurable ‘Beppe’ Saronni, quiem atacó en el durísimo repecho previo a meta con una fuerza impresionante, y sólo tuvo que dejarse llevar hasta la meta, a la que llegó precediendo a ataques suicidas de sus rivales, desesperados por la “fucilata” protagonizada por su rival. Fue, sin duda, una carrera en la que Greg dejó muy clara su valía.
Con galones de auténtico líder, LeMond preparó el ‘83 con profusión. No pudo aún lanzarse a por el Tour como objetivo principal, porque el nivel de su equipo era bastante peor que el de las grandes escuadras galas; sin embargo, el de Lakewood cuajó una temporada excelente. Empezó con fuerza la temporada en la Tirreno – Adriático, se probó en su primera grande corriendo la Vuelta a España (y teniendo que abandonarla, tras rendir a buen nivel durante dos semanas con varios puestos de honor), y demostró buena forma y condiciones hasta llegar al momento en que se doctoraría, como miembro de pleno derecho, en la élite del ciclismo mundial. Ganó el Dauphiné Libéré, fue cuarto en la Vuelta a Suiza y, tras descansar coincidiendo con el Tour, preparó a conciencia un Mundial en el que el año anterior había estado muy fuerte. El circuito de Arlesheim (Suiza) era tremendamente selectivo, y todo le salió de cara al joven americano, que entró en la fuga buena del día con un jovencísimo Moreno Argentin, el francés Gilles Demierre, y un impresionante Faustino Rupérez, quien no pudo aguantar hasta la meta con los elegidos y se quedó sin una histórica medalla. Fueron Rupérez y LeMond quienes llegaron a dejar atrás a sus otros dos compañeros de aventura en la decimosexta vuelta… mas LeMond atacó a once kilómetros de la llegada, y nada pudo hacer el español para evitar el “derrumbamiento”. El americano celebraba así el primero de sus dos maillot arcoiris; el segundo llegó en 1989, tras muchas vicisitudes que ahora citaremos.

Con tan sólo 22 años, el bueno de Greg se aupaba a la elite mundial del ciclismo con un inesperado triunfo en el Mundial de Suiza ‘83.
En 1984 llegaba su debut en la Grande Boucle. ¡Y qué debut! En una carrera en la que su posterior rival Laurent Fignon arrasó de principio a fin, LeMond fue capaz de aguantar los embates, durante toda la carrera, de su luego compañero de equipo, Bernard Hinault. En 1985 se producía el fichaje de LeMond por un equipo de primera línea mundial: La Vie Claire, donde se encontraría con el “Tejón”, ganador ya de cuatro Tours de Francia, con el canadiense Steve Bauer y con otros “perros de presa”, que conformaban un plantel “dueño y señor” de cualquier carrera de nivel, incluido el propio Tour.
LeMond, con 24 años y ganas de dar guerra, se vio obligado, por exigencias del guión y en contra de sus planteamientos, a trabajar como “segundo de a bordo” por una victoria para ‘Le Blaireau’ que, al final, terminaría llegando. El revuelo montado en el país galo por el advenimiento del tercer pentacampeón de la Grande Boucle contrastaba con la rabia del americano, sabedor de que, en otro equipo, habría mantenido con toda seguridad una lucha de par a par con el francés. No obstante, el gran Bernard le prometió ayudarle para ser él quién llevase la voz cantante en el siguiente Tour. La temporada se cerró con el Mundial, el cual LeMond no pudo revalidar en tierras italianas; se equivocó de rueda a perseguir en el sprint, algo lógico ya que que el ganador de aquel año, el incombustible Joop Zoetemelk, se llevó el gato al agua, sin esperárselo ni tan siquiera él mismo, a los 39 años de edad. Previamente, el holandés había obtenido su segundo podio en un monumento, ya que fue tercero en la Lieja – Bastoña – Lieja, tras haber sido subcampeón en el Giro de Lombardía el año anterior, lo que demostraba su enorme calidad para clásicas tan duras.

LeMond e Hinault suben emparejados durante una de las etapas pirenaicas del Tour ‘86; la lucha fue muy diferente de la esperada.
Se esperaba que, a tenor de lo sucedido el año anterior y del nivel demostrado por LeMond, el americano se llevaría de calle y sin paliativos el Tour del ‘86; no obstante, lo tuvo mucho más complicado de lo que se esperaba. Bien es cierto que fue un Tour disputado, muy entretenido y en el que el norteamericano e Hinault lucharon al máximo, pero la ronda gala de aquella temporada no guardó el orden y concierto esperados. Tras dos semanas de carrera y una primera etapa de los Alpes ganada por el posterior compañero de Miguel Indurain, Jean François Bernard, en Gap, Hinault tenía cinco minutos de ventaja en la clasificación general, y LeMond adquiría la sensación de que el equipo estaba faltando a su honor. Ya había sido “engañado” el año anterior al recibir referencias incorrectas desde el coche, con respecto a sus distancias sobre Hinault cuando se quedaba descolgado, con el fin claro del equipo de incomodarle; ahora, la estrategia parecía de nuevo volverse contra sí.
Por suerte, la divina Providencia es generosa con quienes saben esperar: en la jornada con final en Serre Chevalier, Hinault desfalleció y perdió seis minutos en meta, con lo que LeMond se encaramaba de inmediato a la primera posición, lugar que ya no abandonó hasta el final. La maquinaria de equipo de La Vie Claire y la labor de estratega de Paul Köchli, director del equipo, funcionaron desde ese momento a la perfección, y LeMond se llevó su primer Tour, no sin antes protagonizar “operetas tan curiosas como la que escenificaron ambos líderes en Alpe d’Huez, entrando de la mano tras una exhibición de equipo. LeMond se había ganado por fin el cielo; la prensa americana le idolatraba (”Un americano en París”, titulaban los rotativos de primera línea a la mañana siguiente). La repercusión del ciclismo en el país de la Coca-Cola se había multiplicado de forma exponencial con la victoria de su hombre estrella, y parecía iniciarse una época de dominación. Pero la Providencia es deleidosa: a veces es agradecida, otras veces te da la espalda. Durante el invierno siguiente, Greg LeMond fue accidentalmente disparado por su cuñado mientras cazaban en un bosque cercano a su residencia, y más de 100 pequeños perdigones quedaron sepultados bajo la piel del americano, contaminándole la sangre y dañando sus pulmones. Con su mujer de parto el mismo día de la tragedia, el propio Greg con su vida en peligro, y su cuñado maldiciendo su suerte e intentando quitarse la vida, nada podía ir peor en el entorno de Greg. Dos años de duro calvario hubo de pasar el de Lakewood para poder recuperarse; no pudo sacar muchos de los perdigones que impactaron contra su piel y por ellos fue condicionada su condición física, toda vez que regresó a las carreteras en 1989. Un tipo siempre sonriente y amable como Greg se había visto expuesto a las desgracias de la vida, como ocurre a los grandes campeones, justo después de alcanzar la cima. La cima vital, más que la profesional.
Con las plantillas ya montadas para la temporada siguiente y la desconfianza por parte de muchos jerifaltes sobre su posible rendimiento, aún con plomo en el cuerpo y sin la seguridad de que volviese a ser el que había sido, a LeMond no le quedó otro remedio que “liarse la manta a la cabeza” y liderar un pequeño equipo francés, el ADR – Agrigel, el único que le dio cobijo. Se aseguraba, en cualquier caso, su participación en el Tour y la oportunidad de volver a ganarse un nombre, dotado de una rúbrica algo devaluada tras dos años de parón. Aquella temporada quedará en las retinas de quienes le vieron volver a ser un ciclista de bandera. Su filosofía en carrera ya no era la misma: combativo antes del accidente, más reflexivo y conservador tras el mismo, pero efectivo y con chispa en ambas versiones. Corrió el Giro de Italia tras llenar de puestos de honor su palmarés en el inicio de campaña; en el afinó su condición,estuvo con los mejores cuando le fue posible y se presentó en la salida de la Grande Boucle con opciones de acabar entre los veinte primeros, según sus propias declaraciones. En el prólogo de Luxemburgo hubo pocas sorpresas; realmente, sólo la del famosísimo extravío de Perico Delgado, que se dejó dos minutos y medio en aquel prólogo, y con ello sus opciones de revalidar el título del ‘88, ya que ni él ni su Banesto levantaron cabeza hasta la montaña. En la contrarreloj por equipos del segundo día, el Super U de Laurent Fignon “clavaba” casi un minuto al ADR de LeMond; sin embargo, el esfuerzo individual se revelaría después como verdadera clave para ganar este Tour, un escenario de auténtica lucha entre titanes justocuando el californiano volvió a vestirse, tras tres años, de amarillo tras ganar la primera contrarreloj individual en Rennes. En esa crono, LeMond estrenaba un ingenio importado del triatlón: un manillar de apoyo central en el cual las fuerzas de los brazos se concentraban en un sólo punto, lo que beneficiaba a la aerodinámica. Los efectos derivados de esta innovación terminarían siendo claves en las postrimerías del Tour ‘89.

Lemond supera a Fignon en Aix-les-Bains. El regreso del norteamericano a la elite se había producido con el modestísimo ADR.
En la primera etapa pirenaica, con final en Cauterets, los Banesto trataban de recuperar el tiempo y motivación perdidos, ganando “a lo campeón” con Miguel Indurain y consiguiendo remontar algo de tiempo con Perico, mientras que LeMond y Fignon llegaban en un grupeto trasero, con todos los favoritos a la par. ”LeMond debería mover la carrera, ser más agresivo”, criticaba el visceral corredor galo al de ADR, extremadamente vigilante con los movimientos de un rival al que (ni mucho menos) infravaloraba. Al día siguiente, Fignon, sabedor de las dificultades que entrañaba vencer a un Greg LeMond a tope de forma y fino en la escalada, empezaba una carrera alocada en pos de recuperar el amarillo y sacar la mayor ventaja posible. Dio rienda suelta a su planteamiento en la etapa siguiente, en la exigente encadenada de puertos pirenaicos con final en Superbagnères, donde únicamente restó 12 segundos al californiano y se colocó con 7” de ventaja en la lucha por el maillot jaune. Perico estuvo a punto de ganar aquel día al escocés Robert Millar, otrora subcampeón de la Vuelta del 85, quien marchó escapado toda la etapa, ya desde el Tourmalet (escalado de salida), y venció con el mismo tiempo del segoviano.
Los larguísimos Alpes de aquella edición acabaron siendo un auténtico ”toma y dacá” entre francés y americano, con continuos cambios de liderato. En la crono de Orcières-Merlette, LeMond acababa quinto y le endosaba casi un minuto a Fignon; en la mítica Casse Desserte, en las últimas rampas del durísimo Izoard, Fignon se descolgaba de grupo de Delgado, Lemond y demás primeras espadas, y llegaba al repecho final en la meta de Briançon con otros quince segundos más perdidos. No le quedaba otra que pasar al ataque, y en la etapa de Alpe d’Huez (en la que ganaría el holandés Gert-Jan Theunisse tras una larga cabalgada), Fignon se marchaba al ataque con Pedro Delgado (quien, sin el retraso del prólogo, habría ganado aquel Tour), y recuperaba por 26 segundos el amarillo. La locura francesa se desató cuando Fignon entró victorioso en la complicada meta de Villard-de-Lans (donde Perico, el año anterior, cerraba el Tour de Francia una semana antes de su conclusión), y dejaba a 50 segundos a LeMond para la última crono, una vez tenidas en cuenta las preceptivas bonificaciones obtenidas por ambos en la última etapa alpina, con final en Aix-les-Bains.
Fignon aseguraría, ”a todo pasado”, que las fuerzas no le acompañaron durante toda la última semana, que sus piernas ya no tenían el “golpe de pedal” de otras ocasiones, queriendo así justificar lo que ocurrió en aquella crono de París el último día. En realidad, el francés fue, junto con Perico, el más combativo en aquella edición, incluso en las últimas etapas alpinas. El francés trataba así de defender lo indefendible, ya que, a su supuesta merma física, se unía la mental, lo que llevó a incidentes como el que protagonizó escupiendo a un cámara de Televisión Española, como muestra de que los nervios le estaban jugando una mala pasada. Parece extraño relatar toda esta sarta de excusas, del mismo modo que resulta extraño decir que Fignon tenía el miedo en el cuerpo, contando con casi un minuto de ventaja a falta de una crono, de sólo veinticuatro kilómetros, desde Versalles hasta París. La salida de aquel día se dio ante el enorme griterío congregado en el suburbio parisino. LeMond, ataviado con su aerodinámico casco y con los acoples de manillar ya exhibidos en Rennes, tuvo algún pequeño susto en las primeras curvas, al mismo tiempo que Fignon abandonaba la rampa de salida. Nada hacía presagiar lo que iba a ocurrir.

Lemond negocia la última recta de los Campos Elíseos en la contrarreloj decisiva del Tour ‘89. Los tiempos le eran favorables en el paso intermedio, pero Fignon llegaría a meta detrás de él. La incertidumbre, aún presente…
Al paso por el cronometraje intermedio del kilómetro 11, LeMond sacaba 20 segundos a Fignon. El mítico comentarista español Alberto Bacigalupe, gran amante de la forma de ser del americano, así como receloso de las actitudes de Fignon, sobre todo tras agredir a un compañero suyo con aquel mítico salivazo, se echaba las manos a la cabeza en aquella histórica retransmisión de TVE. ¡Podía aún lograrlo! El resto de lo que ocurrió hasta el final de la contrarreloj es la historia de la carrera más ajustada de la historia del ciclismo.
Greg LeMond se impuso en aquel Tour. Fignon llegó a meta con 58 segundos de pérdida, acabando en la general con la menor diferencia de la historia respecto al primero: 8 mínimos segundos. Fignon yacía llorando en una acera de la Avenida de los Campos Elíseos, mientras LeMond daba saltos como un loco, de nuevo exultante de alegría como en Arlesheim, como en el Tour de 1986, demostrando, una vez más, que los milagros eran posibles. Un halo de leyenda cubre la trayectoria de este corredor, que aún tuvo tiempo de ganar brillantísimamente el Mundial aquel año, y vencer plácidamente el Tour del año siguiente. Huelga cualquier otro comentario.


