El imposible de Wittenberg

Seguro que ustedes no le ponían cara a este ansioso arcoiris. Bert Grabsch es un hombre que se crece con la ansiedad y la rabia, que echa espuma por la boca y desprende brillo en sus ojos cuando se sube a la “cabra”. Uno de los primeros grandes talentos alemanes criados enteramente fuera del “amparo” de la RDA (profesional desde 1998), nacido en Suiza pero criado en la “luteranísima” Wittenberg y luego formado deportivamente bajo licencia helvética, se hizo famoso para el aficionado internacional arrebatando, en espléndida acción de “finisheur”, la etapa inaugural de la Vuelta a Burgos de 2002 al mismísimo Michele Bartoli, si bien sus mejores prestaciones siempre llegaron en la lucha contra el reloj, casi siempre vistiendo los colores de su querido Phonak, hasta que la destrucción de aquel equipo por el “affaire Landis” (el mismo que consiguió que Phonak duplicase sus ventas de audífonos en aquel ejercicio; ¡que hablen de tí, aunque sea mal!) le obligó a pasarse al T-Mobile, donde sumó la que, hasta el día de hoy, era la victoria más llamativa de su carrera: la conseguida en el “túnel de viento” de la A-3 hacia Zaragoza, a 55 km/h en 52 velocísimos “clicks”, decisivos para aquella segunda Vuelta de Menchov y también determinantes para que Grabsch fuese “tercero moral” en la crono del Mundial de Stuttgart, si bien Laszló Bodrogi le privó de una eventual medalla de bronce al jugar a relevos con José Iván Gutiérrez.
El nuevo campeón del mundo ha llegado con una prepración cuidadísima a Varese: privado de la Vuelta por no inclusión del Columbia, tras más de sesenta triunfos del equipo de Bob Stapleton (cuatro suyos: en el campeonato nacional, en la Vuelta a Austria y en la Vuelta a Sajonia, todos en crono y con la general de esta última “de regalo” en el triplete de los estadounidenses), se rodó en los llanos interminables de la Vuelta a Alemania (a todo trapo, salvo por la etapa de Hochfüge en los Alpes austríacos) y logró la segunda posición en la crono de Bremen, a 34” de su compañero y amigo Tony Martin y muy por delante de Larsson, Brajkovic o Kangert (por citar ejemplos de mundialistas). Con tanto “niño malo” en la salida de este jueves (Martin y Konovalovas, del ‘85; Boasson Hagen, del ‘87, al igual que Taaramäe y Kangert), se impuso la veteranía, el arte del saber hacer algo más que imprimir fuerza, el trabajo de la eficiencia plasmado en las prestaciones de tres corredores con presencia internacional: oro para Grabsch, bronce para un recuperadísimo David Zabriskie y plata para el canadiense Svein Tuft, claramente confirmado tras su séptimo puesto en los JJ.OO. Y lo cierto es que nunca estará mejor dicho lo de “presencia internacional” en su caso, al ser un “animal deportivo” en el continente americano. Ahora será una pieza de caza para los mánagers europeos, con la retirada para 2009 de su equipo, el Symmetrics, que buscará ser internacional dentro de dos campañas.
Las claves para el resultado final podrían simplificarse en tres. En primer lugar, la no participación en la Vuelta a España ha sido tónica dominante para los mejores, con ocho corredores del “top ten” entre los no partientes en la ronda española. No favoreció participar, pues la carrera no tuvo contrarreloj más allá del quinto día, exceptuando diez kilómetros de toboganes en el camino de acceso a Navacerrada por Segovia, una distancia despreciable para la medida de fuerzas, y sólo se movieron desarrollos ágiles, absolutamente contrarios a los de los mejores clasificados, durante las tres semanas de competición, con días de ritmo casi cicloturista. En segundo lugar, el recorrido tenía altas dosis de psicología, más allá de la aparente nula dureza de la orografía varesina: la bajada del primer tramo (antes del primer intermedio, kilómetro 8 de la prueba) podía hacerte perder muchos segundos al mismo tiempo que la concentración y la moral. Era necesario saber descolgarse sin soltar los apoyos centrales de la “burra”, arriesgar más que nadie y transmitir fuerza añadida a la cadencia ligera de un desarrollo máximo al bajar. Por contra, el desgaste físico llegaba con los kilómetros posteriores: largas rectas, llanos inmisericordes en los que uno no tiene puntos claros de esfuerzo ni puede regular con toda la confianza sus fuerzas. Para rematar, el repecho de Buguggiate y los falsos llanos (2%) en los últimos 3 ó 4 kilómetros , combinados un viento juguetón (a ratos inexistente, en otros momentos soplando con cierta intensidad a favor al acceder al Hipódromo, algo con lo que contó en su ventaja Grabsch) amplificaban las distancias. Sobre el papel, insulso y falto de kilometraje; en la práctica, una lección de maestría y demostración de buen baremo para conocer a los mejores “cronomen”, a los verdaderos especialistas de la tranca, los que se resisten a la tendencia de cuidar músculos y se rigen por sus instintos.
Los únicos que estuvieron realmente en competición fueron los 15 primeros; José Iván Gutiérrez, decimosexto como mejor español, y Matej Jurco rozaron ya los dos minutos de pérdida y se escaparon del paquete de corredores los cuales, con Tuft y Leipheimer a un mundo y Grabsch a dos, podían catalogarse en el mismo minuto. Las primeras referencias serias, totalmente al margen de lo que realmente huzo Rubén Plaza (32º, con falta de competición internacional y nulas referencias; parece claro que al de Ibi le hicieron la “pascua” teniendo que salir el cuarto), las protagonizó el propio Jurco (a 1′58”), que vivió con el veteranísimo kirguizo Eugen Wacker (a 2′34”), un desconocido en Europa pero doble campeón asiático y bronce en los últimos Mundiales “B” de Ciudad del Cabo, las retorceduras de sillas propias de los éxoticos que salen a primera hora. Pero fue con Tony Martin (a 1′16” con la bicicleta de Patrick Gretsch), Jani Brajkovic (a 1′25”, ¡y eso que lleva dos meses poniendo más ahínco en dar biberones que en dar pedales!) y con un renacido Sergei Gonchar (a 1′38” en su última carrera del año por falta de pagos en el Preti Mangimi) con quienes se establecieron tiempos más sólidos.
La motocicleta que anticipó la estampida de favoritos fue la de Tuft, pero justo tras él llegaría Bert Grabsch, que hizo poca la “dentellada” de más de medio minuto que consiguió el canadiense sobre el más joven de los alemanes. Zabriskie y Larsson fueron los únicos del “top-ten” de salidas que se mantuvieron constantes; Leipheimer lo dejó todo en la bajada para llevarse la medalla, del mismo modo que Larsson careció de fuerzas en los últimos kilómetros para suponer una amenaza al tiempo del medallista de bronce. Devolder, motivadísimo y con un “punch” por encima de sus expectativas, acabó en el mismo tiempo de Millar (6º y 7º, respectivamente). Todos ellos lucharon contra un imposible como el de Wittenberg, pero… ¿era ese destino que proclamaba Lutero el de que Grabsch ganase un título mundial sin el gran favorito en liza? Será un maillot merecido, aunque circunstancial, pero seguro que a Bert, a su mujer Christine (dedicatoria “iridata” por su cumpleaños) y a la gente de su pequeña ciudad eso les parece imposible de considerar. Ni siquiera Bert se lo cree. Es que es el imposible de Wittenberg.
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Edición 17:43: Svein Tuft ha sido fichado por Garmin. Sólo imagínense la escena: Jonathan Vaughters bajándose todo descosido del autobús de apoyo de Dave Z y Millar con un contrato recién imprimido y asaltando al veterano canadiense según sale del podio. Para Tuft, que no tiene equipo para el año que viene, cualquier cosa es buena… ¡¿pero esto?! ¡La gloria!

